Sin darnos cuenta se acabó el verano y con ello llega el inicio de clases. Y una de las tareas más inminentes para todas las mamás es forrar cuadernos y libros en cantidades industriales. Sin contar el vía crucis que vivimos por conseguir toda la lista de útiles. Nos pasamos horas y horas forrando, doblando, pegando y etiquetando. Un trabajo simple pero agotador.
Nuestros hijos llevan decenas de cuadernos. Yo me pregunto: ¿En qué momento los cursos se ampliaron tanto? ¿En qué momento cambió la currícula? Yo llevaba 8 cursos en mi etapa escolar, ¡mi enano lleva 17! O sea, 17 cuadernos por forrar, MÁS los libros. Sin contar los de mi otra enana.
Para hacer de esta actividad algo divertido y no pasar horas sola forrando, involucré a mis enanos. ¡Grandiosa idea! Hicimos competencia, de esta manera forrábamos cuadernos como jugando (ese era el plan). Eduardo llegó a forrar un cuaderno en 2min con 45 seg; yo, 1 minuto menos. Cayetana nos abastecía con la cinta scotch cortada y era también la encargada de poner “Start” en el cronómetro y la más entusiasta al gritar “mi mamá ganó” al apretar “stop”.
Pero ¿en el fondo qué significa “forrar los cuadernos?” es un momento de compartir juntos y de valorar las herramientas de estudio; y la frustración de hacer algo que no es tan ameno, pero que hay que hacer sí o sí. Porque mamá no se abastece en todo, no es pulpo, aunque quiera; porque los hijos también crecen y necesitan tomar responsabilidades, hábitos, valores dentro del hogar para después ser responsables ante el mundo. Esas cosas elementales se aprenden en casa. Actividades diarias que cumplen un objetivo, así como lo enseñaban en la película Karate Kid: encerar – pulir, objetivos que mis retoños aún no se dan cuenta pero cuando sean adultos me agradecerán.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario