Crecí en una familia tradicional,
papá, mamá y 4 hijos. Mi papá, la cabeza de familia, mi mamá, la columna
vertebral; y nosotros, sus 4 hijos, sus extremidades.
Creo que mi padre, mi héroe, tenía súper
poderes, llegó del planeta “Asgar” y llegó para quedarse.
Cuando era niña lo veía llegar de su trabajo,
muchas horas fuera de casa, lo absorbían, aun así nunca noté si llegaba
cansado, porque tenía el sensor en modo “on" y nos encontraba donde nos
habíamos escondido mis hermanos y yo. Sin importar su grado de cansancio se
sentaba conmigo a transferir sus conocimientos: matemáticas, historia,
geografía y todos los cursos que llevaba en el colegio. Luego, era el turno de
mis hermanos. ¡Qué resistencia tan inagotable! Debe ser por la vida sana que
llevaba.
Otro de sus mejores poderes era el de poder
teletransportarme, me dejaba durmiendo en casa de mis abuelos y cuando me
despertaba, estaba en mi propia cama. ¡Imagínense!
Siempre ha tenido una fuerza sobrenatural.
Cargaba a sus 4 hijos a la vez, mataba a las más temibles arañas, abría las
conservas sin usar trapos, no le temía a la oscuridad. Tenía el superpoder de
volar con el carro para que yo no llegue tarde al colegio ni él a su trabajo, en el trayecto hacia relinchar a los caballos que estaban debajo del cofre de su súper auto, aunque
con ello despertara a todos los vecinos del “Lima Club Golf”.
Tenía un súper tacto, era capaz de saber si
tenía fiebre con tan solo tocarme. Apenas nos frotaba el pecho con sus manos untadas
de vick vaporub caliente, eliminaba como por arte de magia una simple tos.
Mi padre, mi enciclopedia humana,
todo lo sabía, absolutamente todo. Y cuanto más pequeña era yo, mayor era su
sabiduría. “¿Papá, por qué no le sucede nada al gato después de tantas caídas? Porque
tiene 7 vidas, hijita”.
Los domingos eran especiales porque era el día
familiar. Siempre salíamos todos a algún sitio, entre ellos al parque Olivar a montar bici (hasta
ahora no sé cómo se las ingeniaba para que entren las bicicletas de todos sus
hijos en la maletera), al parque Kennedy a comer helado en “El parque
Donofrio”, a lanzar piedras al mar a ver quien lanzaba la piedra más lejos (siempre
lo vi como algo sin sentido, pero era una manera de estar juntos)
Parecía que tenía un trato con Papá Noel y el
ratón Pérez, siempre nos dejaban regalitos.
Siempre me apoyaba cuando no me salía algo
bien, me abrazaba, me daba besos en la frente y hasta en la boca (así se
despedía de mi cuando me dejaba en la puerta del colegio, obvio que me daba roche,
pero nunca se lo dije)
Pero, así como Aquiles tenía su punto débil,
su talón, mi padre también tiene el suyo: los años. Y es que conforme pasan,
sus poderes van debilitándose. Ahora me da la sensación de que no lo sabe todo,
de que puede pestañear cuando maneja, de que también se equivoca al sacar la
cuenta en su negocio, a pesar de tener un título de Ingeniero emitido por la
UNI. Y es que lleva mucho tiempo fuera de su planeta y la batería empieza a
descargarse.
Pero tu mayor superpoder, para todos los que
te rodeamos, es que has sabido llevar la carga de la vida, el yugo de los
problemas con tanta naturalidad y maestría que has despertado admiración no
solo en tus hijos, sino en todos los que te conocen. Has demostrado que toda
carga es llevadera. Que ninguna carga es demasiado pesada. Que se puede ser
feliz. Que todo tiene solución. En fin, nos has enseñado a vivir.
Gracias por cada minuto que me dedicaste, los
valores que me inculcaste, los discursos y largas explicaciones, la paciencia,
la fortaleza, la madurez, el amor y el cariño. Toda esa sabiduría con la que me
criaste. Que los detalles son los que marcan la diferencia y que las
experiencias y momentos hay que disfrutarlos para enriquecernos.
Solo decir una cosa más. El mejor regalo que
he hecho a mis hijos, eres tú. Ellos te adoran tanto como yo, saben lo
especiales que son tú y mi mamá. Estoy convencida de que el tiempo que pasan
contigo, como cuando yo era niña, también es oro.
Solo me queda desearte un muy feliz
cumpleaños, papá. Que Diocito te siga regalando salud, q aún no nos asustes,
que compartas tus poderes también con mis hijos, tus nietos y que tengas muchos
más años de vida para compartir más tiempo en familia.
Te amo, mi corazón de león.
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